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domingo, 12 de noviembre de 2023

Notas históricas sobre el conflicto palestino-israelí; Equipo de Bitácora (M-L), 2023


«En su momento, en 2013, ya dimos unas pinceladas sobre por qué el denominado «movimiento de liberación palestino» no ha alcanzado sus objetivos principales, sino que, lejos de ello, ha ido rebajando su programa hasta ceder la propia soberanía del pueblo palestino a su opresor: el imperialismo israelí. Aquí, explicamos cómo la famosa vanguardia del movimiento, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o su alternativa, Hamás, han ido incurriendo en toda una serie de concepciones contraproducentes para los intereses del pueblo palestino. Las organizaciones vinculadas al movimiento de liberación palestino, desde la más moderada hasta la más radical, han estado imbuidas en mayor o menor medida por nociones nacionalistas y religiosas, no sabiendo elegir correctamente una metodología a seguir, ni focalizar correctamente las fuerzas motrices o los aliados internacionales para lograr sus propósitos. Véase la obra «¿Para qué han servido los Acuerdos de Oslo? Reflexiones sobre el conflicto palestino-israelí» (2013). 

A todo esto, convendría dar unas notas históricas y aclarar, fuera de especulaciones, cuál fue la posición de los comunistas ante la ocupación israelí, aunque cualquiera con algo de conocimiento sobre cuestión nacional debería saber resolver este interrogante.

1) Primero que todo, el tan cacareado «sionismo» ha sido un movimiento político de larga data que logró incrustarse en los círculos más reaccionarios, chovinistas y racistas del judaísmo. Su fin siempre ha sido adueñarse del territorio de Palestina y fundar su propio Estado eliminando a su contraparte, la población árabe y musulmana. Como ya anunció Karl Kautsky en una de sus varias reflexiones sobre el tema:

«El sionismo no es un movimiento progresista, sino un movimiento reaccionario. (...) El sionismo niega el derecho a la autodeterminación de las naciones, en lugar de lo cual proclama la doctrina de los derechos históricos, que hoy se derrumba en todas partes, incluso allí donde cuenta con el apoyo de las mayores potencias». (Karl Kautsky; ¿Son los judíos una raza?, 1914)

Históricamente, esta rama nacionalista y de fundamentalismo religioso ha intentado ligarse, al igual que muchos movimientos árabes, a la potencia mundial que más rápidamente y mejores medios proporcionara para tal fin: fuese el Imperio otomano, Segundo imperio alemán o el Imperio británico, como luego observaremos. Esta ideología responde a la pasada y actual política de Israel desde su fundación; y como todos sabemos, el Estado de Israel obtuvo muy pronto apoyo diplomático, económico y militar de los Estados Unidos que los ha llevado a una «simbiosis» en donde ambos se tapan sus crímenes imperialistas cometidos con complicidad.

Dicho esto, se han de comprender varios elementos:

a) Al contrario de lo que expresa la propaganda, el sionismo es una teoría cristiano-protestante que se funda en la idea de la creación de una etnia ligada al judaísmo, es decir, «el judaísmo deja de ser entendido como una religión para ser entendido como una etnia»; y tiene por objeto depositar a los judíos en lo que entiende como «tierra santa» con el fin de preparar la segunda venida del «Cristo». 

El sionismo tuvo entre sus objetivos primarios crear una suerte de identidad, un pueblo judío, que según sus conceptos desciende directamente del pueblo hebreo establecido en la Provincia Romana de Palestina, con lo que en efecto borran, o intentan borrar, la evidencia histórica que indica que el judaísmo es una religión profesada por un conjunto de pueblos de diferentes orígenes producto de la expansión del judaísmo como religión, y no por la expansión de los hebreos palestinos como pueblo. Para justificar esta idea, apelan a supuestas deportaciones durante el Imperio romano, lo cual es históricamente falso o mejor dicho inexacto; ya que la evidencia histórica indica que tales deportaciones de judíos hebreos no fue absoluta, ya que muchos judíos hebreos permanecieron en Palestina, y mientras unos fueron asimilados por los sucesivos imperios que conquistaron la región, otros no. 

Ya en varios de sus estudios sobre la cuestión judía Karl Kautsky desmontó la idea de que estos eran un pueblo basado en una etnia: 

«Cuán poco la nacionalidad se funda en la ascendencia se percibe ya en el hecho de que es posible que una nación se componga de miembros pertenecientes no sólo a pueblos diversos, sino incluso a distintas razas. En la nación húngara encontramos «arios», «semitas» y «mogoles». La nacionalidad judía, de rasgos aparentemente tan pronunciados, ostenta los más variados tipos: incluso la sangre negra se encuentra representada en ella». (Karl Kautsky; La nacionalidad moderna, 1887)

En tanto, se puede y debe afirmar que los actuales palestinos son los descendientes de los hebreos y no tanto el producto de los judíos sionistas emigrados tras la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Otro punto importante, sería la negación del sionismo de que muchos judíos no tengan relación directa con el pueblo hebreo, sino que fueron personas de otras etnias que se convirtieron en algún momento al judaísmo, por lo que el argumento de los sionistas de «el retorno a casa de los desterrados» no puede ser más falso. Vale decir que en la expansión del judaísmo jugó un papel central el «Kaganato jázaro» (618-1048) en el Centro y Este de Europa, y los «pueblos judíos norteafricanos», sobre todo etíopes, en Europa occidental en donde incursionaron como aliados de los musulmanes.

b) El término «semítico» cayó en deshuso por su escaso rigor científico, histórico y lingüístico; en su lugar, se determinó que lo correcto era hablar de «Pueblos de Lenguas Afroasiáticas». No obstante, el término «semítico» pervivió a efecto del supremacismo del Tercer Reich hitleriano. En la actualidad, su uso está determinado por aspectos políticos: «semítico», «antisemítico». Entiéndase que el término «semítico» se refiere a una clasificación lingüística y no de parentesco entre los pueblos considerados semíticos. Esto también fue recogido por Kautsky indicando que: 

«Tales lenguas fueron adoptadas por pueblos de la más diversa procedencia, y nadie en la actualidad puede afirmar con certeza qué pueblos y hasta qué punto pertenecen a la rama designada como semita. Por consiguiente, con respecto a la «raza» semita nos encontramos en una total oscuridad». (Karl Kautsky; La nacionalidad moderna, 1887)

sábado, 14 de septiembre de 2013

¿Para qué han servido los Acuerdos de Oslo? Reflexiones sobre el conflicto palestino-israelí; Equipo de Bitácora (M-L), 2013


[Post publicado originalmente en 2013. Reeditado en 2023]

««Indudablemente, la situación de Palestina es una de las más catastróficas del planeta, y la más paradigmática en materia de colonización y limpieza étnica-religiosa proyectada por el capitalismo. La variada y extensa participación de diversos actores hace de tal situación un problema de gran complejidad que requiere de un estudio pormenorizado para llegar a comprender la actual situación. Todo el mundo conoce la ignominiosa acción de la potencia ocupante Israel, y el respaldo criminal que las potencias mundiales, Estados Unidos, los países de la Unión Europea, China, Rusia, etc., le han dado por acción u omisión. Las tibias condenas se quedan en el campo de lo meramente declarativo, dejando en realidad vía libre a Israel en materia económica, militar y política, aun cuando dicho Estado no ha cumplido con las sucesivas resoluciones de la ONU o los sucesivos acuerdos alcanzados en los procesos de paz, cuya función fundamental ha sido la de legitimar la ocupación por la vía político-mediática.

Observemos el lado palestino, el caso de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que a menudo queda fuera de la ecuación Palestina. En las acciones de esta organización se observa el cortoplacismo, la vacilación y el oportunismo, características que han resultado en acuerdos profundamente perjudiciales para los palestinos. Los acuerdos de Oslo de 1993 son la muestra de lo que hablamos. Podemos afirmar lo siguiente:

1. Existe un bloque que conforma la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), actualmente integrado por: Al Fatah, Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), Frente Democrático por la Liberación de Palestina (FDLP), Frente por la Liberación de Palestina (FLP), Unión Palestina Democrática (Fida), Partido Popular Palestino (PPP), As Saiqa −pro-sirio−, Frente por la Liberación Árabe (FLA), Frente por la Lucha Popular Palestina (FLPP) y Frente Árabe Palestino (FAP). Otros miembros se retiraron de la coalición tras el evidente fracaso de las conversaciones de paz. Esta organización se ha comportado históricamente como un frente de liberación, guiada por un profundo eclecticismo teórico-práctico resultante de la influencia de eso que se dio en llamar «socialismo árabe panarabista», encuadrado en la teoría del revisionismo soviético de la «vía específica al socialismo» y del «no alineamiento».

2. La OLP, al tratarse de un frente, ha estado compuesto desde su nacimiento por sujetos provenientes de todas las clases sociales, cuyo interés común se sitúa en la oposición a los intereses israelíes. Por lo tanto, esta organización se ha nutrido y está nutriéndose de personas tanto de la clase obrera como de la pequeña burguesía, pero también de burgueses, los cuáles ocupan especialmente la dirigencia de la organización. Esto hace que en dicho frente no haya una línea diferenciadora entre los objetivos de unas clases y otras, ya que no opera ningún partido revolucionario que sepa lidiar con la complicada circunstancia del conflicto, menos todavía entre todas las clases y objetivos diferentes que convergen en el bando palestino. La ausencia de esa línea revolucionaria, capaz de diferenciar las clases e intereses en pugna, da lugar a que este frente haya sido tomado por la burguesía nacional y trafique con la cuestión nacional palestina en pactos deshonrosos para el pueblo palestino.

3. Debido a la composición social variada en este frente y a la inexistencia de un partido comunista, no encontramos una teoría de emancipación social ligada a la clase proletaria. Esa característica resultó en que ese frente ni siquiera tuviese un programa de mínimos, de cumplimiento inmediato en las conversaciones de paz, ni un plan de movilización popular para obligar a la otra parte a cumplirlo. La debilidad ideológica y la predominancia burguesa de la OLP, derivó en el reconocimiento del Estado israelí por parte de los representantes de Palestina, pero sin que estos obtuviesen como contrapartida el mismo reconocimiento por parte tanto de Israel como de las potencias involucradas en la mediación. Eso, de hecho, hubiese demostrado que Israel era y se reconocía a sí mismo como potencia ocupante. Pero como resultado de ese reconocimiento unilateral, Israel logró que mejoraran sus relaciones internacionales y se multiplicara el reconocimiento internacional de dicho Estado sionista; es decir, la «política de paz» llevada a cabo por la OLP, ha jugado a favor de la consolidación del Estado israelí y en contra de la liberación de Palestina.

4. Debido a lo anteriormente mencionado, las organizaciones nacionalistas-laicas palestinas han perdido la batalla frente a las organizaciones de carácter nacionalista-religioso como Hamás. Cabe destacar que Hamás contó con el decidido apoyo de Israel en su etapa inicial por motivos pragmáticos, buscando generarle competencia a su principal opositor de aquel momento, Al-Fatah. Hamás comenzó como una expresión de los Hermanos Musulmanes y, aunque alcanzaría cierta independencia de estos, en la actualidad ha vuelto a su órbita por intermediación de Qatar, país que sirve de aliado del imperialismo estadounidense e israelí en la región.

5. Podemos afirmar que el conflicto palestino-israelí y su desenredo solo se dará ligado a un planteamiento de clase. Es decir, si es el proletariado, tanto palestino como israelí, en alianza con el resto de las capas trabajadoras, los que se involucran políticamente y no delegan sus funciones en los demagogos de siempre. Solo entonces y no antes se sentarán las bases para una resolución definitiva del conflicto que se viene arrastrando. Hay que explicar que, si bien no es descartable que en las condiciones actuales el pueblo palestino pueda forzar al imperialismo israelí mediante una lucha a reconocer sus derechos como pueblo, a reconocerle como Estado sin cortapisas, mucho menos posibilitado está de alcanzar el fin real y del conflicto; el entendimiento y convivencia entre israelíes y palestinos. Este, como decíamos, no puede llegar sin una revolución en ambas zonas, solo esta y el cambio de paradigma que apareja conducirá a una paz duradera entre ambos pueblos, bien como Estados socialistas separados pero fraternales e internacionalistas, o bien unidos, como debería ser si se dejan de lado los egoísmos, prejuicios y recelos para construir un nuevo Estado palestino unificado y socialista en igualdad para unos y otros. Con este nuevo escenario se deberían barrer no solo los obstáculos del racismo y el nacionalismo, sino también con el idealismo religioso que en parte es causante de la situación. Entiéndase por eso que la labor principal de una organización revolucionaria en esta región, como en cualquier otra, es mantener una postura internacionalista y de clase, poner la primera piedra en este sentido antes de la toma de poder.

Por eso, advertimos que sólo un genuino partido marxista-leninista que opere en ambos lados y haga comprender este difícil, pero no imposible propósito, puede dar solución a las contradicciones de nuestra época. Cabe decir que, por parte de los marxistas del resto del mundo, nuestra responsabilidad hacia la cuestión palestino-israelí consiste en el esclarecimiento y promoción de esta vía como única salida realista, siendo necesaria la denuncia tanto de la ocupación imperialista en la región, como de la pésima influencia del interclasismo y la ideología nacionalista-religiosa en los propósitos de emancipación del pueblo. Todo ensayo de «socialismo israelí», «panarabismo» o «socialismo del siglo XXI» será, como ha sido históricamente, una máscara más de los clérigos, terratenientes y capitalistas para proteger sus mezquinos intereses particulares, defender su propiedad privada y acrecentar sus riquezas. La burguesía, bajo un marco político de este tipo, no dudará en volver a atizar las diferencias religiosas, culturales y étnicas en la región, incluso no dudará en aliarse con el imperialismo extranjero que mejores prebendas ofrezca, traicionando una vez más la causa nacional.

Como ya ha quedado claro, si se quiere ser consecuente no se puede pasar por el interclasismo. En Palestina, como en cualquier lugar, el explotador mira por sus intereses económicos, y aunque se presente como garante de los intereses de la nación, lo cierto es que lo más seguro es que entre bastidores ya esté pactando con el enemigo con tal de poder seguir viviendo de forma privilegiada, lejos de los sufrimientos reales del pueblo. Es un tablero político capitalista, unos quieren seguir mandando y otros quieren abrir una cuota de mercado en esas tierras, entre tanto, otros harán negocio del conflicto regional y otros seguirán viviendo de las limosnas. He aquí la importancia de distinguir entre amigos y enemigos.

El proletariado no puede dirigir los destinos de su nación hasta que no se eleve a clase dirigente del Estado, puesto que, si no controla la dirección de la producción de bienes y servicios −y ello implica también retener la hegemonía política y cultural−, no podrá darle a su labor social una esencia progresista que, entre otros principios, incluye el internacionalismo. Si se quiere decir de forma romántica: el marxismo es el verdadero humanismo, el cual no tolera la explotación del hombre por el hombre ni los prejuicios nacionales, por tanto, tampoco privilegios producto de mitos absurdos de otra índole. Pero esto no significa que, hasta lograr tales objetivos, no tenga su propia concepción de lo «nacional» y que no lo manifieste a través de su organización política o su propia producción artística, dado que, en nuestra época, como ya adelantó Lenin, existen dos culturas fundamentales que nuclean toda nación contemporánea, la cultura proletaria y la cultura burguesa. Pensar lo contrario, es reproducir el canon trotskista, aquel que postulaba que la cultura proletaria solo asoma la cabeza una vez que dicha clase toma el poder y transforma económicamente la vieja sociedad y sus mitos culturales… pero no puede existir una majadería más burda para alguien que se considera «materialista» y «dialéctico». 

En la esfera nacional, el mayor peligro para el proletariado revolucionario es creerse la zafia propaganda que justifica la política interna y externa de su gobierno burgués. ¿A qué nos referimos? A brindar con la burguesía nacional respecto a los mitos históricos que esta ha ido creando en la cultura de su país, es decir, el tendiente a mantener como referentes a personajes reaccionarios y a ocultar en cambio los episodios y figuras revolucionarias que todo progresista reivindicaría. En realidad, esto solo acerca al trabajador a una «unidad nacional» ficticia, pero nunca hacia la verdadera emancipación social y nacional de los suyos. En el momento en que el de abajo acepta −conscientemente o no− el discurso del de arriba expresado en la prensa, las instituciones, la legislación y su modo de vida, está tirando piedras contra su propio tejado: contribuye a seguir apretando las cadenas que le sujetan a este mundo, el mismo al cual maldice porque no está conforme con su aspecto. Huelga decir que con la queja esporádica no hallará nunca la forma de escapar a esta situación, por el contrario, es muy posible que caiga en una penumbra espiritual mientras se entretiene combatiendo a los hombres de paja que los capitalistas le irán presentando en el camino… que «si no ha triunfado en la vida» es porque no tiene una «cultura del esfuerzo» y un «espíritu emprendedor»; que la culpa de sus males reside en el «malévolo inmigrante» que le «roba el trabajo»; que al no «estar bien con Dios espiritualmente» no le pueden ir bien los asuntos terrenales, etcétera». (Equipo de Bitácora (M-L); ¿De qué han servido los Acuerdos de Oslo? Reflexiones sobre el conflicto palestino-israelí, 2013)